Recuerdo de Jorge Novak

Por: Poirier, José María

Con la muerte de Jorge Novak -«padre-obispo» de la diócesis de Quilmes, como él mismo acostumbraba firmar sus cartas pastorales- la sociedad y la Iglesia argentinas acaban de perder a una figura de excepcional coherencia y vigor.

A menudo poco o mal comprendido, contaba él mismo riendo: «No pocas veces, en el primer contacto directo con algunas personas, de repente me decían: -Pero usted no es violento como creía, sino muy tranquilo-. La imagen pública que me habían impuesto era la de un hombre violento».

Alto, de mirada transparente y de hablar preciso pero algo duro, reflejo de su niñez en el campo de Carhué donde los colonos seguían usando el alemán arcaico que traían de las orillas del Volga, Novak nunca dejó de preguntarse sobre dos graves responsabilidades que sentía en su conciencia: la fidelidad al hombre y la fidelidad a la Iglesia. La primera explica su preocupación por los más pobres, por los excluidos. La segunda tiene directa relación con la unidad de la Iglesia.

El mismo señalaba: «Una gran preocupación mía era no cantar fuera del coro, no escandalizar, no defraudar a mis propios diocesanos. Mi preocupación iba en dos sentidos: la diócesis y la conferencia episcopal».

Con acierto escribe a este propósito Ignacio Pérez del Viso, director de la revista del CIAS: «Discrepando en parte con sus hermanos obispos de la Argentina, se mantuvo en unidad con el episcopado universal, tanto por su fidelidad al espíritu del Concilio como por su unión con las directivas de los últimos Papas». Y luego, situándolo en el ámbito del documento Iglesia y Comunidad Nacional, de 1981, Pérez del Viso concluye: «En esta perspectiva, Novak no fue un discrepante sino un anticipante de la mayoría episcopal».

La serenidad fue un rasgo característico de la personalidad de Jorge Novak. Una serenidad que siempre lo acompañó, como testimonio de su riqueza interior, en las múltiples facetas de una vida intensa y compleja.

Fue sereno, claro y firme como defensor de los derechos humanos, en el diálogo ecuménico (fue miembro fundador y presidente del Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos), en el amor privilegiado por los más pobres e indefensos, en la conciencia crítica de la historia.

Amó con verdadera pasión a la Iglesia, al Evangelio, a la renovación del Concilio Vaticano II. Practicó ejemplarmente la discreción, la palabra veraz, el silencio oportuno, el perdón ante incomprensiones y ofensas, la capacidad de escuchar y de ver con claridad en medio de las convulsiones de una sociedad herida por odios e injusticias. Sobrellevó la enfermedad sin queja.

Conservó siempre, y lo sabía comunicar muy bien, un gran afecto por su familia. Afecto y admiración por sus maestros en la congregación del Verbo Divino, comunidad misionera a la que pertenecía; por sus profesores jesuitas de Roma, donde se doctoró en Historia de la Iglesia.

Sentía una particular atracción por los grandes Padres, a los que volvía a menudo en sus lecturas; por los santos, a quienes consideraba verdaderos protagonistas de la historia; por los concilios y los sínodos, que marcaron su estilo pastoral. Es que había comprendido medularmente, con la mente y el corazón iluminados por el Espíritu, el sentido comunitario y colegial de la Iglesia, su central pasión por el hombre, su largo y difícil camino de santidad en la historia.

Las numerosas cartas pastorales, escritos y homilías dan cuenta de ello. Incluso su maravilloso testamento.

Escribe Eduardo de la Serna a la muerte de Novak: «Conocí un obispo que no se creía dueño del Espíritu Santo, que sabía que Él sopla donde quiere; que no se creía poseedor de los caminos de Dios, sino que sabía que Él amó primero. Conocí un obispo que creía en Dios y no creía -por lo tanto- que podía tener controlados sus caminos, o conocidos sus senderos».

En efecto, una impresión que siempre transmitía Jorge Novak era la de su amor por la libertad, de su profundo respeto por el otro, de su inteligencia atenta a los «signos de los tiempos».

Paradojalmente, fue uno de los obispos argentinos menos «político». Tenía muy en claro la imprescindible distancia que debe haber entre el poder político y la Iglesia. «Una distancia crítica -escribió Novak-, con respeto, con independencia. Los obispos debemos preservar nuestra misión de anunciar el Evangelio».

.

Razones para la esperanza

Creo que los motivos de la esperanza son muchos. También en nuestro país. Los encuentro en muchos jóvenes, en muchos testimonios de vida, en muchos docentes que hacen con sacrificio su trabajo, en muchas personas que están en la actividad pública y política. Encuentro razones de esperanza en el pueblo orante. Muchas veces los cristianos animados por la fe y el amor han cambiado para bien la historia. Hay que intentarlo con humildad, sabiendo que de una manera misteriosa pero eficaz la historia está en las manos de Dios. Y Dios siempre está dispuesto a renovar al mundo y llevar a la Iglesia hacia la santidad.

Jorge Novak
Del libro «Jorge Novak, Iglesia y derechos humanos», Editorial Ciudad Nueva, Buenos Aires, 2000.

___________________
Fuente: Revista «Criterio» Nº 2264, Agosto 2001.

Dejar un comentario