Padre Obispo Jorge Novak, fiel a la palabra, uno con el pueblo

Por José Gwózdz svd

“¡Hay de mí si no predicara el Evangelio!” (1Cor 9,16). Esta fue la primera cita bíblica en la misa de inicio del ministerio episcopal del “Padre Obispo Jorge”, como él prefería ser llamado. Fue el primer obispo de la Diócesis de Quilmes, Buenos Aires, Argentina, que había sido creada por el Papa Pablo VI en el año 1976. La misma frase está escrita en la lápida de su sepultura en la Catedral de Quilmes. El evangelio y la misión caracterizan la vida y la obra de este grande y, a la vez, humilde “Servidor de Dios y de los hombres”.

Jorge Novak nació en San Miguel Arcángel, al sur de la Provincia de Buenos Aires, el 29 de enero de 1928. En 1953 profesó sus votos perpetuos como Misionero del Verbo Divino, y fue ordenado sacerdote el 10 de enero de 1954. Cursó sus estudios superiores en la Universidad Pontificia Gregoriana donde se doctoró en Historia de la Iglesia, especialidad en la que, más tarde, daría clases magistrales en los seminarios y las universidades en Argentina. En la congregación ocupó diversas funciones, llegando a ser Superior Provincial en el año 1976. Fue ordenado obispo el mismo año y comenzó su servicio episcopal en la recién creada Diócesis de Quilmes.

 

Firme convicción en la Palabra y en la oración

Un año después, celebrando el primer aniversario de la erección de la Diócesis de Quilmes, en una carta pastoral titulada “El Libro Sagrado”, describe los recuerdos de su ordenación episcopal: “Mientras se desarrollaba el momento culminante del rito de la ordenación episcopal, la consagración propiamente dicha, los presbíteros mantenían sobre mi cabeza el Libro de los Evangelios. La emoción experimentada entonces rebasó ampliamente la superficie de los sentidos. Fue una experiencia espiritual, profunda, como algo que cala la médula misma del ser (Hb 4,12). Implicaba, sin sombra de dudas, un compromiso formal y avasallador con el Mensaje de la revelación divina”.

Ese compromiso que brotaba del Evangelio y de su firme convicción en la Palabra y en la oración, fue lo que lo motivó durante toda su vida. En toda circunstancia su lúcido criterio de discernimiento estaba iluminado por las Sagradas Escrituras que eran su alimento y su guía. A la Palabra de Dios le daba la trascendencia absoluta que le es propia. Decía: “Ella es norma del pensar, querer y obrar. Desde las raíces mismas de la interioridad, ella modela y transfigura al hombre”. Con profundo conocimiento bíblico, sin sentirse dueño de la Buena Nueva de Jesús, sino siendo su servidor, iluminaba el acontecer histórico pasado y presente.

Durante el primer aniversario de la diócesis dijo: “A fuer de ser sinceros, reconoceremos que la Biblia sigue siendo un real descubrimiento para todos nosotros. Es un acontecimiento que siempre nos mueve de nuevo al asombro, apasionándonos. Pero también nos interpela, nos sacude y enjuicia, induciéndonos a la conversión, al compromiso serio y formal con el mensaje divino. El último análisis nos descubre a Cristo, que es propiamente el contenido de toda la Escritura”. Su gran motivación es conocer más a Jesús de Nazaret y proclamar el Evangelio.

Para él el Evangelio no es una ideología, no es una filosofía, no es una poesía: es una persona, es Jesús de Nazaret. Siguiendo el modelo paulino, se esforzaba en edificar “una Iglesia totalmente al servicio de la Palabra”. Todos los años, para animar las Asambleas diocesanas, las celebraciones del Día Bíblico Nacional y los Sínodos, dirigía a la diócesis sus escritos pastorales sobre la singular importancia del Libro Sagrado. Pedía: “Suspendamos, todo lo que la atención al mensaje divino requiere, otras fuentes de información y pasatiempo, dando más margen y cabida a la luz que, desde Dios, ilumina nuestra vida, brindándonos apreciaciones verdaderas sobre personas, cosas, acontecimientos”. Ser sensible a este contexto más amplio de oír el mensaje, según el Padre Obispo Novak, “no es un lujo, es esencial, si queremos recibir la plenitud de la Palabra de Dios”.

Decía que “la Palabra de Dios ha de haberse encarnado en la vida de quien la enseña: antes de ser vocero, ha de ser testigo”. Y para ser testigo fiel de su Palabra, es necesario primero “llevar la Escritura de rodillas, escuchar las sagradas palabras como un niño escucha las palabras de su padre”. Recuerda que: “La lectura de la Sagrada Escritura debe acompañar la oración para que se realice el diálogo de Dios con el hombre, pues a Dios hablamos cuando oramos, a Dios Escuchamos cuando leemos sus palabras”.

 

Un hombre “contemplativo en acción”

Novak era un gran orante contemplativo desde la Palabra de Dios. Su experiencia espiritual vivida como una íntima relación con Dios, lo llevó a estar cerca de la realidad de las personas a las que anunciaba el Evangelio. Esa experiencia vivida día a día lo convertía en un hombre “contemplativo en acción” y permitía actuar con valentía en varias situaciones de prueba. Contemplativo no significa monástico, sino alguien que sabía estar cerca de Dios Uno y Trino y, al mismo tiempo, estar más cerca de la gente y del mundo. Era un infatigable hombre de oración y de acción.

Escribió: “Si nos sentimos atraídos por la persona de Jesús y su obra, por su misterio y significación para la humanidad, tendremos que adentrarnos, con entusiasmo y entereza, en todos los Libros inspirados. Las sorpresas se sucederán y nuestra vida se transfigurará. No sólo la nuestra: también para nuestros hermanos seremos fuente límpida de esperanza”. Estas palabras se hicieron realidad en su vida pastoral. Supo infundir esperanza y consuelo en las horas en que cundía el terror y la persecución.

Jorge Novak comenzó el ministerio episcopal durante la dictadura militar, un momento muy difícil de la historia de Argentina. Fue muy audaz al responder a la realidad de la opresión, de hecho, con los pastores y ministros de otras confesiones cristianas dieron origen al Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos, una forma organizada de dar respuesta cristiana a las familias de detenidos y desaparecidos. Comenzó con las misas mensuales por los familiares de los desaparecidos, como forma de acompañarlos espiritualmente en su situación. Pudo registrar cerca de 800 situaciones de desaparecidos en su diócesis. Atendió y abrió las puertas del obispado, que recién comenzaba, para recibir a los familiares de desaparecidos y, una y otra vez, se presentó ante las autoridades para conocer los destinos de esas personas y cuidar a los familiares.

 

Uno con el pueblo

La dura realidad lo llevó a tomar distintas iniciativas pastorales que propusieron y crearon un “estilo evangelizador”. Así lo describió el P. Luis Liberti svd: “Un estilo focalizado en el testimonio y la siembra del reinado de Dios, la dignidad de la persona humana, la unidad de los cristianos y el anuncio de la Buena Nueva de Jesucristo. Desde estos “pilares” fue edificando la Iglesia quilmeña”. La espiritualidad bíblica lo llevaba incuestionablemente a la misión y a la vez el pulso misionero de la diócesis, que se identificaba como comunidad evangelizada y evangelizadora, estaba en relación directa con la Palabra de Dios profundamente asumida como espiritualidad. En consecuencia, toda su misión tuvo por eje el anuncio del Evangelio que fue configurando a este “servidor de Dios y de su pueblo”.

Él mismo mencionaba que fue éste un período de conversión y quienes lo conocían lo ratificaban y añadían que fue muy importante en su conversión como obispo. Se trataba de un cambio radical que iba surgiendo al escuchar el dolor de sus feligreses. Decía: “El dolor de mi pueblo me marcó como Obispo”. En este período se identifica con Cristo Buen Pastor, dispuesto a dar la vida por sus ovejas, que su vida estuvo en grave peligro. Comentando aquellos momentos dolorosos expresa su visión que se hizo parte de su vida: “Yo me siento Obispo cuando entro en contacto con los fieles, …siempre pienso que la vida del Obispo es el contacto con sus fieles, como el pastor con las ovejas…”

La fidelidad al Evangelio y el amor por su pueblo que sufre, lo mueven a hacer ofrenda pública de su vida. La primera vez, con motivo de la desaparición de personas, en 1979 decía: “Hermanos, no se tome a vanidad lo que me atrevo a decir. Lo digo en la presencia de Dios antes que en la de ustedes. Como el gran Pablo VI (ante el secuestro de Aldo Moro), ofrezco formalmente mi libertad, mi integridad física, mi vida para que se solucione el terrible flagelo de las desapariciones en nuestra patria. Si hace falta sangre, tómese la del pastor y ahórrese la de las ovejas. Un obispo no puede olvidar las palabras del Maestro, selladas en la cruz con torrentes de sangre: “el buen Pastor da la vida por sus ovejas”».

La misma ofrenda se repite en otros momentos. En su Testamento escribe: “En mi ministerio episcopal hice en varias ocasiones oblación pública de mi vida: con ocasión de la amenaza de guerra con Chile, cuando la guerra de las Malvinas, al iniciar las misas mensuales con las familias de desaparecidos… No eran gestos improvisados, sino seriamente ponderados en la oración. Aunque sentía por una parte temor por lo que ofrecía, superé con decisión este sentimiento con alegría y gran seguridad interior, bajo la acción del Espíritu Santo. Pienso que la grave enfermedad que me postró en cama por largos meses a partir de septiembre de 1985, fue un signo de que Dios aceptaba mi reiterado ofrecimiento sacrificial para aliviar el sufrimiento de nuestro pueblo. Juzgo, consecuentemente con la espiritualidad madurada por el Espíritu Santo en mi ministerio episcopal, aceptar mi muerte como una entrega libre, espontánea e incondicional a la santa voluntad de Dios como la mejor expresión de mi amor de Buen Pastor que da la vida por sus ovejas”.

El Padre Obispo Jorge Novak vivió veinticinco intensos años de compromiso episcopal en plena fidelidad a Dios, a la humanidad y a la Iglesia. Reconocido por todo el pueblo como “Amigo de Dios y de los pobres, Misionero incansable, Defensor de los Derechos Humanos, Servidor de la unidad de los cristianos”. Hoy día el proceso de la beatificación y canonización está muy avanzado.

El Papa Francisco, durante la última visita “ad limina” de los obispos argentinos, expresó su deseo que el primer obispo de Quilmes, Mons. Jorge Novak, fallecido el 9 de julio de 2001, sea beatificado y canonizado: “Recuerdo aquel gran santo obispo que tuvieron, el Padre Novak, ojalá podamos verlo en los altares”. Oremos para que estos deseos del Papa y de tantas personas de Quilmes y de toda Argentina, se cumplan pronto.

(Fuente: Arnoldus Nota, julio 2019)

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