«Nuestro amigo se ha dormido»

Después de haber caminado juntos desde nuestras respectivas confesiones cristianas, tanto en el ministerio pastoral como en el compromiso ecuménico en tiempos penosos y en horas felices, no podía estar ausente en esta despedida, en la que las lágrimas del dolor se mezclaban con los cánticos de nuestro Señor Jesucristo. Al pensar en estos momentos, no pude menos que evocar el pasaje del Evangelio de San Juan que narra el episodio de la muerte de Lázaro, y la visita de Jesús a Betania, donde yacía su amigo. Sobre una parte de ese relato como trasfondo, quiero volcar algunas memorias del hermano, que estamos despidiendo.

«Había un hombre enfermo que se llamaba Lázaro. Era de Betania, el pueblo de María y de su hermana Marta… Las dos hermanas mandaron decir a Jesús: «Señor, el que tú amas, está enfermo». Jesús, al oírlo declaró: «Esta enfermedad no es de muerte, sino para gloria de Dios, y por ella se manifestará la gloria del Hijo de Dios».

Jesús quería mucho a Marta, a su hermana y a Lázaro. Sin embargo, cuando se enteró de que Lázaro estaba enfermo, se quedo ahí, dos días más. Después dijo a sus discípulos «Volvamos a Judea». Le replicaron: «Maestro, hace poco los judíos querían matarte a pedradas, ¿y otra vez quieres ir allá?»

Jesús les contesto: «Con doce hora trabajadas se cuenta el día. No habrá tropiezo para quien camina de día y se guía por la luz de este mundo. Pero tropezara el que camina en la noche, siendo hombre que no tiene luz adentro.» Después les dijo: » Nuestro amigo Lázaro se ha dormido y voy a despertarlo». (S. Juan 11: 1-11)

Querido amigo, hermano Jorge, también a ti te llegó la hora de dormir… de descansar de tus trabajos, «de tus fatigas», como dice el Apocalipsis: «porque tus obras te acompañan»(Apoc. 14:13). También de descansar de tantas jornadas, meditando con toda seriedad y hondura, en la bendita Palabra de Dios, «mas penetrante que espada de doble filo, que llega hasta la raíz del alma y del espíritu» (Heb. 4:12). Por algo pertenecías a la comunidad del Verbo Divino. Verbo que fue siempre para ti, reposo y agonía, búsqueda y encuentro; hoja de ruta para un caminante infatigable.

Tiempo de descanso de un largo ministerio, profundamente pastoral, impregnado de la compasión de Cristo, sensible a todo dolor y a toda manifestación de maldad o injusticia.

Hora de descansar de tantas fatigas, peligros y amenazas, desde el momento que oíste la invitación a cargar la cruz de Cristo, frente a la violencia, al sufrimiento, a la opresión ejercida contra nuestras hermanas y hermanos más pequeños y débiles, en un tiempo de tiranía y de crueldad sin límites.

Tiempo de descansar de tanta incomprensión, tanta malicia, de extraños… pero también de hermanos que llegaron a menospreciar tu testimonio y marginarte… (¿Sabes?, en Rosario, mi ciudad, ante el fallecimiento, la semana pasada, de un ex-sacerdote que conoció el mismo dolor y la misma amargura, uno de nuestros periodistas más valientes y lúcido comentó: «En esta cínica ciudad, a los coherentes se los llama «locos», y a los locos se los margina». Para pensarlo, ¿no?)

Pero Él te llama a descansar también de estos últimos tiempos, que han sido y están siendo penosos y fatales, para una inmensa mayoría de nuestros compatriotas. ¡Nuevas formas de genocidio, tal vez mas finamente solapadas e hipócritas, que las que antes habíamos conocido y padecido!

Y, sin embargo, nunca te volviste atrás y nos acompañaste fielmente, en estos largos 25 años de lucha, con tu rostro y tu preciosa sonrisa inolvidable de niño (como alguien lo señaló esta noche), o de padre bueno… aunque más de una vez, el corazón te doliera y te sangrara.

¿Sabes, querido hermano? Anoche volví a verte y oírte, a través de la pantalla del televisor, diciéndole a tu pueblo:

«Ofrezco, confiado en Dios, mi vida, para que el pueblo de Dios no muera, sino lleve una vida digna. Si Dios acepta mi vida, la tiene, hermanos».

Y el Señor aceptó tu ofrenda, y te permitió compartir su cruz, y su agonía, por nuestra generación. Y ahora viene a despertarte como a Lázaro. Porque tu enfermedad no ha sido de muerte, sino para gloria de Dios, y «por ella ha de manifestarse la gloria del Hijo de Dios». Y seguramente, de los que te acompañamos en la lucha, de entre los que serviste con tus mejores dones, han de levantarse los que tomen, tu lugar y tu antorcha, y también, apasionadamente, pastoralmente, ecuménicamente, como tu lo hiciste, con la ayuda del Espíritu de Dios, contribuirán a forjar la nueva nación, el otro país posible, solidario y fraterno, con el que soñaste, y por el que bregaste, desde la perspectiva del reino, que vino, que está viniendo y que vendrá.

¡Gracias sean dadas al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo! Y así sea por siempre. Amén.

Federico J. Pagura
Obispo Emérito de la Iglesia Evangélica Metodista.

Palabras de despedida, después de la Misa exequial.

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