“Lo que he visto y oído”

Testimonio del Padre “Miqui” de Quilmes.

Era el año 93 cuando con el Padre Ramón Insua nos acercamos a la casa del Padre Obispo Jorge Novak. Allí estaba esperándonos, con un conjunto de hacer gimnasia, pronto a escuchar, pronto a sonreír, pronto a mirarnos, pronto a estrechar sus manos con las nuestras, siempre pronto, aunque su físico, su salud no lo permitiera, siempre pronto.

Con Ramón íbamos a escuchar sus propuestas de lugares en donde poder ir a vivir. Nuestra Provincia Religiosa había decidido comenzar a transitar una de las experiencias más lindas que me han tocado vivir como religioso, abrir una casa inserta en medio de los pobres. Y allí estaba él, sudado, humano, evangélico, hablando con estos que se sentían muy a gusto en su presencia.

Nos proponía varios lugares. De cada uno nos decía las características, las situaciones de exclusión y las problemáticas a afrontar y a acompañar. Siempre pronto…, siempre pronto para saber como estaba su rebaño en cada lugar de la diócesis. Con Ramón nos quedamos admirados de este «saber, estar, acompañar y aconsejar» de este obispo con quienes nunca habíamos estado.

Muchas son las cosas que se me escapan en estos años transcurridos. Recuerdo que cuando lo fui a ver, antes de que me ordenara de diácono, nos pusimos a hablar de como Dios nos invitaba a no cansarnos en este andar en medio de tantas desesperanzas. Allí el me hizo un comentario de como este SISTEMA deshumanizado era una réplica de la represión nazi. Me contó que en una visita en unos de los campos de concentración nazi él había leído un letrero en la entrada que decía así: «Aquí dejas de ser una persona para ser un número». Me pidió que tomara conciencia que el diaconado estaba para que yo fuera servidor de los pobres, que con el ministerio los ayudara a dignificarse, que sea prudente pero que no deje nunca de testimoniar la vida en medio de tantos atropellos. No se, en este momento tan cercano a la muerte de él se me mezclan demasiadas las ideas.

Recuerdo cuando en la diócesis a causa de un asentamiento que se llamó La Sarita y en donde pusieron a tres sacerdotes presos, cuando fueron varias las casas de las religiosas asaltadas, cuando la violencia institucionalizada se metió con alma y vida en nuestros barrios populares, lo llamamos para que escuche nuestros reclamos en una reunión de CRIMPO realizada en el Asentamiento La Esperanza Grande. Allí él escucho cada relato que le hacíamos, nuestras historias estaban muy cargadas de dolor, pues caminamos muy cerca de la gente. En muchos casos no son historias ajenas, son historias sufridas por las comunidades religiosas. Todos y todas esperábamos lo que nos iba a decir. Y él escuchó, no tuvo muchas palabras, tuvo mucho corazón, tuvo mucha caridad para con nosotros. Nos dijo: «Prepárense, esto está programado. Cuanto más pobres mueren, menos se reparten la riquezas».

Yo personalmente quedé preguntándome ¿cómo preparar la esperanza en medio de tanta violencia? ¿cómo preparar la solidaridad, en medio de tanta evasión? ¿cómo preparar la caridad, cuando el desaliento es el pan de todos los días? ¿cómo, cómo….?

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9 de Julio, Profeta de la Independencia

No podía contener mis lágrimas y al principio hacía esfuerzo para que no salieran, no pude, no pude. El Padre Roberto me invita a las 23 hs. a celebrar una misa, allí frente a quien junto con la Iglesia me diera la vida en el ministerio sacerdotal. Él por la gracia de Dios consagró mis manos para poder celebrar la Eucaristía, allí estuve con estas manos diciendo gracias, perdón y adiós. Éramos seis sacerdotes. Luego de terminar la Eucaristía nos acercamos al ataúd, allí estaba con su cara de niño, de sus ojos corría una lágrima con sangre, quizás fruto del tiempo transcurrido luego de su muerte, pero porqué no pensar que lloraba al acabarse el «día de la dependencia» de nuestra patria, de latinoamérica. No me animé a secarle esa lágrima, no tuve coraje de hacerlo, lo dejé llorando. Luego nos dijeron que nos despidiéramos, que iban a cerrar el cajón.

En la sacristía nos contaba un diácono que lo atendió hasta el final, algunas historias de su internación. No quizo nunca que lo llevaran a una habitación del cuarto piso en donde se encuentra la parte VIP. No entendí bien si el último domingo intentó levantarse para ver a los otros enfermos, no estoy seguro de esto. De lo que si estoy seguro que los enfermos siempre fueron destinatarios privilegiados de sus oraciones. Continuamente nos exhortaba, a nosotros los sacerdotes, la atención misericordiosa de los enfermos. En el momento de su muerte su pieza estaba alumbrada por una lamparita colgada de un cable, sin pantalla y un crucifijo en la pared. Se sacó su reloj para morir despojado de toda opulencia. Pidió que le rezaran el salmo cuarenta que dice así:

“Feliz el que se ocupa del débil y del pobre:
el señor lo librará en el momento del peligro.
El señor lo protegerá y le dará larga vida,
lo hará dichoso en la tierra,
y no lo entregará a la avidez de sus enemigos.
El señor lo sostendrá en su lecho de dolor
y le devolverá la salud…”

También solicitó que se le leyera el capítulo 13 de la carta a los Corintios: «Si yo no tengo amor…». Vos, querido Padre Obispo nos enseñaste que la palabra DIOS se escribe con cuatro letras A-M-O-R…

Esto y mucho más podría yo decir y mucho, mucho más podrían decir aquellos que han vivido más cerca de él. Lo mío es muy pobre, su ausencia es fuerte, pero su presencia en el pueblo de Dios se hará presente en lo cotidiano cuando volvamos a revolver las ollas solidarias de nuestros comedores, cuando nos juntemos en comunidad a escuchar la Palabra de Vida de Dios que él tanto amó, cuando celebremos nuestras oraciones populares, cuando nos organizamos para ayudar a algún vecino, cuando sus enseñanzas, que no son otras que la de Jesús, nos levanten con la frente bien en alto para demostrar QUE NO SOMOS UN NUMERO, SOMOS PERSONAS…

Padre “Miqui”
Villa Itatí, Quilmes
11 de Julio de 2001

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