Homilía del Cardenal Kasper, en el 3er aniversario de la muerte del Obispo J. Novak

Querido hermano obispo Luis Stöckler,
Queridos sacerdotes presentes,
Queridos diáconos permanentes,
Queridos hermanos y hermanas,

«Ut omnes unum sint» (Que todos sean uno) Para que todos sean una sola cosa.

Este texto del Evangelio era la oración ferviente de Jesús en la vigilia de su muerte; este era el testamento de Jesús para nosotros.

Estas sagradas palabras también son el testamento que nos ha dejado el inolvidable obispo Jorge Novak, de feliz memoria.

Con gran alegría he aceptado la invitación de su obispo Luis para presidir esta Eucaristía en memoria de este gran y venerable obispo que presidiera por casi 25 años esta diócesis. ¡Les saludo de todo corazón a todos ustedes!

Hay dos estrechos lazos que me unieron con el difunto Jorge Novak.

El primero: por diez años fui obispo de la diócesis de Rottemburg-Stuttgart en Alemania; una diócesis que estaba en estrecha relación con monseñor Novak, porque buscábamos ayudar a las diócesis más pobres y, a través de ellas, buscábamos ayudar a los mismos pobres. Monseñor Novak era el apóstol y el amigo de los pobres, era el defensor de los derechos humanos, sobre todo en los momentos difíciles y tristes de los años setenta; Él realizaba más que los otros la opción preferencial del Evangelio por los pobres y por los perseguidos. Él estaba empeñado por las familias sin trabajo, por los niños abandonados, por los familiares de los desaparecidos. Esto no era -cómo él ha escrito- marxismo ¡Esto era para él el Evangelio! El mismo Jesús se hizo pobre por los pobres. Monseñor Novak ha vivido el seguimiento de Jesús.

El segundo lazo con el obispo Novak es su empeño y su celo por el ecumenismo, esto es, por la unidad de todos los discípulos de Cristo. Como saben, el Santo Padre me ha encargado la labor ecuménica y me ha confiado el Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos. En este difícil y delicado encargo espero tener un buen intercesor en Monseñor Novak.

Él tenía muchos amigos en las otras confesiones y era venerado por ellos. Antes de su muerte ha ofrecido su vida por la unidad de los cristianos. Tenía siempre en mente las palabras de despedida de Jesús «Para que todos sean una sola cosa». Le estamos agradecidos de corazón.

La unidad de los cristianos no es un objetivo cualquiera. La unidad de los cristianos pertenece al centro del Evangelio.

Creemos en un solo Dios, en un solo Jesucristo, en un Espíritu santo, en un bautismo, en una santa Iglesia. Sí, Jesús ha querido una sola Iglesia y antes de su muerte ha orado por la unidad de sus discípulos. Por eso, el Santo Padre ha escrito en su encíclica sobre el ecumenismo y lo ha repetido solamente hace un semana durante la visita del Patriarca ecuménico Bartolomé l en Roma:

Creer en Jesús quiere decir querer la unidad de la Iglesia. Esta unidad no es un fin en sí mismo: la unidad de los cristianos es necesaria para que la Iglesia sea un signo e instrumento de la unidad, de la reconciliación y de la paz en el mundo.

Por eso, el restablecimiento de la unidad fue uno de los principales intentos del Concilio vaticano II y de su decreto sobre el ecumenismo, cuyos cuarenta años estamos celebrando en este año. Con este decreto hemos hecho muchos progresos en el acercamiento de los cristianos separados. El clima y la atmósfera han cambiado completamente. Es verdad, no hemos ya superado todas las diversidades. ¡Más bien! Pero los cristianos de las diversas iglesias y comunidades eclesiales no se comprenden más como enemigos o como extraños: Se ven como hermanos y como amigos; viven juntos, trabajan juntos, orar juntos y dan juntos testimonio de su fe en un mundo que siempre más piensa no tener necesidad de Dios.

El ecumenismo para nada significa abandonar la propia fe u olvidar la propia tradición.

El ecumenismo significa compartir la fe con los otros, significa intercambiar las propias riquezas de la fe y estar dispuesto también en aprender de las riquezas de los otros. El Santo Padre define el ecumenismo como intercambio de dones. Nosotros, los católicos, fuimos enriquecidos por Cristo y por su Espíritu no sólo para nosotros sino también para todos los demás.

Seguramente me preguntan: ¿Qué podemos hacer nosotros para realizar la Voluntad de Jesús y su Testamento?

Quiero decir solamente dos cosas: el óptimo ecumenismo es vivir el Evangelio. Vivir como buenos cristianos. Vivir como testigos de Cristo. Vivir el amor de Cristo. Los cismas en la historia de la Iglesia y las deplorables divisiones son emergentes a causa de una falta de amor y de comprensión. Donde está el amor, allí está Dios también y allí estará igualmente la unidad. Como Monseñor Novak debemos ser amigos de los otros y hacer amistad. El amor es el gran mandamiento de nuestro Señor. Desde el amor se lo debe reconocer al cristiano.

Un segundo consejo: nosotros los hombres no podemos «hacer» la unidad, no la podemos organizar o manipular. La unidad es un regalo del Espíritu Santo. Él es el Espíritu del amor y de la unidad. Por consiguiente, no podemos hacer otra cosa que lo que han hecho María, al madre de Jesús, y los apóstoles después de la ascensión del Señor: volvieron a Jerusalén, se reunieron en el cenáculo y han orado por la venida del Espíritu.

La unidad de la Iglesia será un Pentecostés renovado, como lo ha previsto el beato Papa Juan XXIII. Debemos orar, orar insistentemente y orar con fervor por la unidad y por el Espíritu de la unidad. Debemos unirnos con la oración de Jesús «para que todos sean una sola cosa». Les pido y les ruego que oren por la unidad.

Monseñor Novak era amigo de los pobres, defensor de los derechos humanos y promotor del ecumenismo. Era un verdadero cristiano. Así era profeta de la esperanza. De tales profetas tenemos hoy necesidad. Nos faltan. Estamos, por tanto, agradecidos de haber tenido este gran obispo profético, este verdadero cristiano. La óptima expresión de nuestra gratitud es la de realizar su programa pastoral, un programa que no era el suyo, sino del Concilio Vaticano II, el del Evangelio de Cristo.

Él ha vivido y testimoniado el evangelio del amor. Dios se lo recompense. Amén.

Catedral de Quilmes, 9 julio 2004

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