Conocí a un Obispo

Creo que -a punto de cumplir 20 años de cura- puedo sentirme feliz de haber conocido un obispo. Puede parecer irónico, y quizá lo sea; es irónico -seguramente- que muchos pensemos que obispos hay pocos. Es una ironía de la realidad. O de la gracia. O quizá, en lugar de irónico sea triste.

Un obispo es, por encima de todo, un ser humano. Alguien con pasión por la humanidad, alguien que se alegra con las alegrías de los hombres y se entristece con sus dolores. Ser humano es ser «un buen hombre», alguien con corazón, alguien preocupado por la vida. Ser humano es tener corazón, un corazón que late sangre, que es muerte y vida. Tener corazón, ¡buen corazón! es latir, tener com-pasión. Ser humano es mirar con dolor los dolores, y participar con gozo de las alegrías. Es reconocer la dignidad de la vida y el clamor por sus derechos. Ser humano es ser sensible, y reconocer la sintonía de los hombres, las culturas y los pueblos, y hacerlas propias. Ser humano es vivir, ¡honrar la vida! Es pasar por la vida sembrando, dejando huella, como el campesino, no como su sombra.

Un obispo es, también un cristiano. Es decir, uno que mira a Jesús, al que con su vida reconoce como Mesías, es decir, el elegido por Dios para transformar la historia y la humanidad. Ser cristiano es caminar detras de las huellas del Nazareno que se dirige cargado de amor a la muerte que los asesinos le ocasionan; ser cristiano es vivir el proyecto de Jesús, proyecto por el que lo matan, y proyecto que el Padre confirma resucitando a su Hijo. Es vivir el amor hasta el extremo. Es hacer que lo humano, sobre lo que se encarna, se viva en plenitud. Gratuita y divinamente. Ser cristiano es arriesgar la vida en el día a día enfrentando con la libertad del Espíritu, a quienes negocian la vida, tienen cautiva a la verdad, o se vuelven ciegos a la injusticia. Ser cristiano es ser dócil a los caminos siempre nuevos que el Espíritu Santo va marcando a los tiempos y espacios siempre nuevos. Es tener la Palabra de Dios por guía, y hacerla acampar en la historia…

Un obispo es un ministro ordenado, un pastor. Ministro es servidor, alguien que sabe poner su vida al servicio de los suyos. Y ordenado porque un sacramento posibilita que ese ministerio sea fecundo con fecundidad de Dios. Es servidor y por tanto humilde, por lo tanto atento «como los ojos fijos en las manos de sus señores» a las necesidades de quienes debe servir. Servidor es servidor de Cristo Jesús, pero no un Jesús al que contactamos en el culto, sino al que encontramos presente -expresamente presente- en los hermanos, especialmente en los que tienen la vida amenazada, y la felicidad cercenada. Ministro que está siempre atento a la vida de los «vicarios de Cristo», los pobres. Ordenado porque sabe dejar que ese servicio sea servicio del mismo Cristo, a quien el servidor hace presente.

Porque actúa en su nombre sirviendo como el «siervo deYahvé». Ministro que sabe poner a los demás ministros -ordenados o no- en movimiento detrás del Señor que siendo Señor se hizo servidor de todos. Ministro que aprende de su Señor a serlo, en el ejercicio cotidiano del amor, que es servicio.

Conocí un obispo. Debo decir que en mis otras experiencias ví a muchos revestidos con sus ropas, hablando palabras solemnemente episcopales, pero que no dejaban traslucir humanidad, o pasión por el Reino, o actitudes de servicio. Conocí algunos que eran señores feudales, o gerentes de empresa, insensibles a los dolores y -quizá por eso- parecían insensibles a Dios.

Pero también conocí un obispo que no se creía dueño del Espíritu Santo, que sabía que Él sopla donde quiere; que no se creía poseedor de los caminos de Dios, sino que sabía que Él amó primero. Conocí un obispo que creía en Dios, y no creía -por lo tanto- que podía tener «controlados» sus caminos, o conocidos sus senderos.

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Jorge Novak fue obispo: ser humano, cristiano y pastor

Él quiso que su diócesis estuviera marcada por cuatro hilos conductores: la misión, el ecumenismo, los derechos humanos y la opción por los pobres. Y fiel a esa elección lo misionero se hizo enormemente presente hoy en la misa de sus exequias. Los pobres estaban allí, y llorando, aplaudiendo a su padre y pastor. Los pastores, y obispos de iglesias hermanas llenaron el altar, con sentidas palabras y oraciones. Y las Madres y Abuelas y otras organizaciones de Derechos Humanos supieron hacerse presente reconociendo su pasión por la humanidad. Si es verdad que la muerte es un sello que refleja la vida, su última eucaristía, con el cajón sobre el pavimento -según su voluntad-, refleja que ésta fue fecunda y dio frutos.

La diócesis y los que en ella estamos perdimos un pastor, aunque ganamos un intercesor. No depende de nosotros que esos hilos conductores sigan tejiendo una trama de vida diocesana. Depende de quienes son responsables en la elección del sucesor, y no todos los indicios nos dan esperanza. Pero también depende de lo que el Padre Obispo Jorge ha sembrado, para que sea fértil, y dé frutos de reino y vida.

Sueño que muchos obispos miren la figura de don Jorge y se dejen iluminar con su ejemplo de humanidad, seguimiento de Cristo y pastor servicial; sueño que muchas comunidades también puedan decir que conocieron un obispo. Sueño que nuestra querida diócesis de Quilmes, y como ella muchas otras de la Argentina y América Latina tengan cientos de obispos. Para que nadie sea ciego, sordo y mudo a los dolores terribles de los pobres, y de las víctimas. Para que se honre la vida y se cante la esperanza que nace de la solidaridad, la justicia y los caminos de liberación. Para que muchos encuentren la luz del Evangelio que ilumine sus tinieblas, que dé esperanza a sus caminos, que revele que una sociedad alternativa de fraternidad es posible ante el «monoteísmo del Mercado» y enfrentando los ídolos que sacian su sed con sangre de pobres y lágrimas de niños. Para que muchos encuentren una fraternidad de vida y bienes compartidos en torno a la mesa del Padre común. Para que Dios reine allí donde se hace su voluntad de vida para todos. Para que el servicio de la profecía no se silencie, y muchos se atrevan a hablar en nombre de Dios a nuestra historia; para que el servicio de las mesas no se paralice y que muchos y muchas gasten energías y esfuerzos sirviendo las mesas de los pobres, que son «nuestros señores»; para que el servicio de la verdad no se negocie y que la luz del Espíritu resplandezca sobre nuestro continente.

Conocí un obispo, y quiero dar gracias públicamente al Padre Obispo Jorge Novak, a quien hoy enterramos entre lágrimas, por habernos enseñado con su vida que puede haber obispos santos. ¡Que debe haberlos! E interceda él desde su morada junto al Padre para que cada vez haya más obispos, para bien de la humanidad, para bien de las comunidades cristianas, y para bien de nosotros los ministros ordenados.

Pbro. Eduardo de la Serna

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