Boleando cachirlas

La década de 1930 fue sinónimo de sequía y de muchas penurias para los pobladores de la Colonia San Miguel Arcángel: Los campos no podían producir sin agua, y las tormentas de tierra arrastraban los cardos rusos, que se amontonaban contra los alambrados de los campos, formando verdaderas paredes de vegetales secos. Era solamente cuestión de tiempo para que la presión del viento derribara los postes, y así las matas de vegetales secos retomaban su loca carrera, hasta el próximo alambrado.

Mientras tanto, dos madres, la viuda Elisa Stadler y Cristina Prediger de Novak, medianera de por medio, mitigaban la indigencia compartiendo las ropas de sus hijos, la leña, y lo poco de que disponían en el hogar. El esposo de Cristina, por su parte, a toda hora trabajaba arriba de un carro, transportando cualquier cosa que permitiera arrimar un poco de pan a la numerosa familia.

En los ratos libres que seguían al tazón de leche luego del colegio Niño Jesús, dos de sus hijos descalzos, Ramón Waimann y Jorge Novak, dedicaban el tiempo de los juegos a una pelota hecha con medias y trapos, a cabalgar sobre los corderos de los vecinos, y a fabricar boleadoras con piolines y piedras, con el fin de perseguir a las cachirlas, los pájaros de la zona.

El domingo por la mañana, ambos amigos cambiaban la diversión por la tarea de monaguillos, dentro de la parroquia de la Colonia ó participando en alguna procesión.

La vida llevó a esos compinches de infancia por distintos caminos. Ramón, atraído desde siempre por el ruido de máquinas y autos, dedicaría toda su existencia a la mecánica. Jorge, por su parte, consagraría su espíritu a un sonido mucho más silencioso, un rumor que sólo escuchan en su interior algunos elegidos: el llamado de la Fe.

Mientras Ramón trataba de arrancar los secretos a los motores, Jorge se brindaría entero para arrancar el pecado de las almas.

Así pasaron alejados cuarenta años, hasta que se volvieron a cruzar sus historias.

En el mes de Agosto de 1976 una noticia sorprendió a la comunidad parroquial del Gran Buenos Aires: el Papa Paulo VI creaba la diócesis de Quilmes, y designaba a su cargo a un nuevo obispo, Monseñor Jorge Novak.

(Qué mejor discípulo de Cristo para comprender la pobreza material de tantos feligreses de la zona, que un pastor que ya había mamado la miseria y el hambre desde su propia infancia).

Por esos mismos días, yo, adolescente descreído de todo, le reprochaba a mi padre el recuerdo de su camarada: “Papá, ¿Me querés hacer creer que vos ibas a cazar pajaritos con el nuevo obispo que nombró el Papa?”

Como respuesta, Ramón sonrió, se puso el traje (raro ver a un mecánico con traje) y me llevó a conocerlo, junto a Monseñor Antonio Quarracino, en la Misa anterior a su toma de posesión, en la iglesia de María Auxiliadora, por entonces Catedral Provisoria de Avellaneda.

Luego de finalizado el oficio religioso, Ramón me tomó de un brazo y empezó a abrirse camino rumbo a un costado del altar, donde una multitud de fieles, consagrados, autoridades, periodistas y camarógrafos pugnaban por estrechar la mano y felicitar a la figura del momento.

Papá avanzaba y observaba a Jorge de un modo distinto a todos los presentes. Él no veía a un nuevo prelado de la Iglesia. Veía a su viejo amigo de la niñez. ¿Qué le diría?

Luego de algunos empujones, logramos situarnos frente a ese hombre alto y de anteojos gruesos que agradecía a la concurrencia. Ramón se identificó, lo abrazó con fuerza, y señalándome, le dijo: “Dale, contale a mi pibe que no me cree que íbamos a bolear cachirlas juntos”.

La carcajada de Monseñor Novak fue la respuesta.

Gerardo R. Waimann

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Anécdota proporcionada por Gerardo R. Waimann, hijo de don Ramón Waimann, quien fuera amigo y compañero de infancia de Jorge Novak.

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