Amigo de Dios, amigo de los hombres, amigo de los pobres

Hace pocas horas, en la madrugada de hoy, 9 de julio, murió el Padre Obispo, monseñor Novak. Amigo de Dios, amigo de los hombres, amigo de los pobres.

Algo que llamaba la atención a cualquiera que conociera a Novak era su cercanía a Dios. Hombre de oración y de fe, supo acercar siempre una mirada desde Dios al mundo que le tocó vivir. Una mirada desde la esperanza, desde el dolor, desde la realidad. Supo hablar de Dios y con Dios y revelar a Dios, hacerlo oír entre los gritos de quienes lo rodeábamos.

Muchos, que no lo conocían desde adentro, sino por algunas manifestaciones exteriores, pueden creer que estaba movido por un compromiso social, o incluso político. Pero siempre fue desde Dios que levantó su voz. Por eso era palabra sólida y grave; por eso no pudieron callarlo. Su palabra sabía ser palabra desde Dios que habla a la realidad. Eso que el lenguaje bíblico llama “profeta”. Hombre de oración, era precisamente aquí donde encontró la fuerza para seguir adelante en el conflicto o el dolor. Aquí encontró -en su cercanía a Dios- la luz para iluminar las oscuridades, empezando por las suyas propias, pero también las de la Patria, y las de los que le fuimos confiados.

Dios fue la base firme que le permitió mantener posiciones muy diferentes -incluso- a las de los que él llamaba “mis hermanos obispos”; y su sólida formación intelectual en el terreno de la historia de la Iglesia le permitió siempre mirar desde la conducción del Espíritu Santo los momentos más difíciles. Como los santos, el Padre Obispo Novak vivió convencido, firmemente convencido, que Dios está presente en los distintos momentos de la historia. Y supo leer en ella las cosas coincidentes o contrarias a la voluntad de Dios.

Novak fue, también, amigo de los hombres. Su defensa clara de los Derechos Humanos siempre nació en una firme compasión. La misma que movió al Pastor, siempre cercano a las “ovejas sin pastor”, y la misma que movió al padre a salir al encuentro del hijo que vuelve a casa, o al samaritano para aproximarse al caído al borde del camino. La compasión lo movió hacia los que padecen.

Los que sufren encontraron siempre en él un corazón que entendía sus dolores. Cuando la noche oscura de la Dictadura, Novak supo dejar latir el corazón de Dios para las madres angustiadas, y supo tener una palabra de vida en el imperio de la muerte. Cuando la noche del hambre o la desocupación, supo tener palabras firmes de esperanza, nacida desde la realidad y la solidaridad. Con su palabra y su ejemplo supo mover y comprometer a sus hermanos sacerdotes hacia los dolores de los hombres, porque “nada de lo humano le era indiferente”. Y si su palabra molestaba, o dolía, era precisamente a aquellos que tenían el corazón cerrado ante los dolores de los demás, o -peor aun- a aquellos que provocaban dichos dolores. Su palabra molestaba a los que tienen su corazón -como su tesoro- cerrado en cajas fuertes, o miradas financieras. Y molestaba porque no era una palabra “política” sino religiosa. Religiosa y encarnada que hablaba desde Dios, y desde un Dios preocupado por la vida digna de sus hijos. ¡Por eso molestaba doblemente! No es fácil enfrentar una palabra pronunciada desde el Evangelio y que tiene la mirada puesta en el dolor de los predilectos de Jesús.

Las Madres, Abuelas, Familiares de Detenidos Desaparecidos, los Organismos de Derechos Humanos, Las Cooperativas de Vivienda, o los Sin Techo, los desocupados, la gente de los barrios de Quilmes, Varela y Berazategui, los pobres, en suma, perdieron un padre -perdimos un padre-. Un padre que, como Dios, el padre de los pobres, el defensor de las víctimas de la historia, no estaba dispuesto a dejar pasar ninguna oportunidad para manifestar que Dios se sigue interesando de la suerte de sus hijos.

En los últimos tiempos estaba preocupado porque la Diócesis siguiera bien en marcha para que su próximo sucesor encontrara una comunidad viva. Por eso estábamos de Asamblea del Pueblo de Dios y preparando el Tercer Sínodo Diocesano. Por eso estábamos preparando los 25 años de la Diócesis y de su ministerio. Porque si también hoy son fuertes los gritos del dolor de las víctimas de la Dictadura del Mercado, de las nuevas oleadas represivas, de la angustia de los pobres, hace falta, ¡urgentemente! una voz que desde Dios marque caminos, indique senderos, ilumine oscuridades.

Murió el Padre Obispo, pero dejó una huella. Una huella que muchos queremos seguir porque creemos que es el paso de Dios en medio de su pueblo caminando en la historia. Novak definió una vez al episcopado como “sacramento de la calle”; en nuestras calles vimos el paso sacramental de Dios. Paso ecuménico y misionero. Y porque vimos ese paso, somos testigos que Dios no deja huérfanos a sus amigos, aunque muchos lloremos -en su persona- esta ausencia.

Pbro. Eduardo de la Serna
9 de julio de 2001

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