A todos mis amigos

Cuando se crea la Diócesis yo tenía tres años. Desde que tengo uso de razón siempre viví y crecí en la Diócesis de Quilmes, de la cual el Padre Obispo era Jorge Novak.

Mucho no conocía de Novak entonces; yo fui creciendo en una parroquia y en una Diócesis que también estaba formándose.

Lo que me marcó mucho fue lo ocurrido entre el cura de mi parroquia y el Obispo. Por este hecho la gente de mi parroquia no hablaban bien del Obispo. Yo estaba en 4º grado, era el año ’83, cuando marchamos hacia el Obispado a pedir explicaciones al Obispo de lo que había pasado con el cura de mi parroquia (lo que pasó, pasó). Pero si habría que aclarar que hubo mucho de mentira o una verdad a media de parte del cura del lugar. Y hasta el día de hoy quedan heridas que sanar en esa parroquia.

Más adelante el Párroco se enferma y es internado, y ese supuestamente Pastor injusto lo iba a visitar todos los días. Y con el tiempo descubro que el Padre Obispo había sido un hombre lleno de amor y reconciliación; y pensar que ese cura había hablado muy mal de él. Y el Padre Obispo le enseño con su ejemplo que lo importante es el amor, y el perdón sagrado. Pues era su Padre Espiritual por ser su Obispo, y debía cuidar y proteger a su cura. Descubro en este hecho la presencia del Padre Misericordioso, en el Padre Obispo, que luego yo iría a experimentar.

Luego de varios años el cura muere y el Padre Obispo en un gesto de Buen Pastor se hace presente en la comunidad cristiana para despedirse de su sacerdote, es un gesto de amor paternal. Pero la comunidad seguía resentida con él; y yo en cambio iba descubriendo en él a un hombre de Dios, capaz de amar hasta en el rechazo siendo siempre fiel a la voluntad de Dios. Y yo veía que el amor al prójimo era posible.

Al ver este gesto de amor… encuentro la presencia de Dios. Y al descubrir a Dios quise confirmar mi fe (tenía 18 años) y comencé el curso; yo había empezado hacía tres años el curso y un mes antes de la misma abandoné pues no me sentía preparado y maduro para dar ese paso. Pero ahora sentía un nuevo empuje, un nuevo vigor, un nuevo llamado a confirmar la fe. Un llamado se hacía presente en mí corazón, el cual no comprendía, todavía.

Dios quiso que me confirmara en diciembre del ’91, yo deseaba la presencia del Obispo pero no pudo asistir, envío un delegado. Al año siguiente comencé a vivir más de cerca la relación con Dios, sirviendo como catequista. Comenzaba a descubrir para que Dios me llamaba y era en entregar mi vida al servicio del pueblo. Este descubrimiento me causaba mucho temor y al cual no quería responder. Hasta que hice una revisión de mi vida y veo que en muchos momentos de mi vida Dios estuvo presente, y convierto esos momentos en un gran signo de amor de Dios para conmigo. Y no pude callar más, con miedo y esperanza, dije «sí»; un sí que iba convirtiendo a esa persona insegura y temerosa en persona de Dios.

Después de un tiempo de discernimiento entro al Seminario, en el año ’93, y en ese año iba a empezar a conocer un perfil del Obispo que no conocía, el de un hombre cercano, amable y que conoce a todos. Así como el Buen Pastor conoce a sus ovejas.

Y llegó el día en que el Obispo venía al Seminario. Yo me senté cerca de él, y recuerdo que sonreí y me dijo «es una sonrisa para una propaganda vocacional, pero te tendrías que afeitar». Y desde ese día comencé a salir a recibirlo y a despedirlo, esperando su regreso. Sé que él me va a recibir en el cielo.

Un amigo mío creía que el Obispo no conocía su nombre y qué hacía, esa misma tarde el Obispo le pregunta: «Maxi, ¿cómo anda el grupo misionero?» Maxi quedó sorprendido porque conocía su Nombre y lo que hacía.

Los años fueron pasando y en mi vocación hubieron crisis, las cuales me ayudaron a crecer y sobre todo a experimentar la aceptación de la voluntad de Dios para mi vida.

En el año 1999 pedí un tiempo, pues me sentía y me siento indigno del regalo que Dios quiere hacerme de ser su ministro. Salí al tiempo, lloraba pues no podía vivir lejos de ese camino y mi vida era de Dios y yo debía aceptar definitivamente la voluntad de Dios. Así que fui hablar con el Rector y le pedí una entrevista con el Obispo. Antes de la entrevista un compañero me dijo que el Obispo supo decirle: «Se nota que no esta David, ya que él siempre salía a recibirme».

Cuando llegó el día de la entrevista, yo tenía miedo pues conocía al Obispo pero nunca había hablado profundamente con él. Pero ese día nunca lo podré sacar de mi mente y corazón pues encontré al Padre Misericordioso recibiendo al hijo arrepentido. La charla fue sanadora porque él pudo sanar mis heridas. Recuerdo cada momento pero lo más sobresaliente fue lo que me dijo después de todo lo que yo le conté. Él me dijo: «Mira David, solo has hecho la voluntad de Dios, confío en el llamado que Dios te ha hecho, ponte en manos de los formadores». Y sé que él intercedió por mí, y yo volví al Seminario.

Y al 30 de marzo del 2001 quiso Dios que me ordenara Diácono al servicio del altar y su pueblo.

Fue para mí muy doloroso recibir la noticia de que mi Obispo, mi Padre y por qué no mi abuelo, había ido a la casa del Padre, pero sé desde la fe que él esta con Dios y desde allí será nuestro protector, amigo y Pastor. Y estoy seguro que el día que yo sea llamado por el Padre, él me va a salir a recibir como yo lo hacía en el seminario.

Pero nos dejó una enseñanza, un testimonio de vida, que nosotros debemos seguir transmitiendo con nuestras vidas. Haciéndonos si es necesario pobre con los pobres, anciano con los ancianos, joven con los jóvenes… Pero siempre asumiendo que tan solo somos instrumentos de Dios. «Somos la puerta de entrada del Amor ilimitado e incondicional de Dios, quien nos llama a dar testimonio con nuestras vidas de su Amor… como lo hizo nuestro Padre Obispo, Jorge Novak».

P. David Meza

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