Primer mensaje a la Diócesis

Mi primer mensaje a la Diócesis

Paz y Bien

Hermanos: Quiero saludarlos con estas sencillas palabras que evocan al seráfico Francisco de Asis en el 750° Aniversario de su muerte.

Asistimos todos con alegría y esperanza al nacimiento de nuestra comunidad diocesana y es justo que nos deseemos mutuamente parabienes; que lo sean estos frutos del Espíritu, prenda divina de que todo será en la paz de Cristo, para bien de todos. Con estos sentimientos saludo a todos los sacerdotes de la diócesis, a todos los religiosos/as, a los laicos consagrados, a todos los demás miembros del Pueblo de Dios.

Mi saludo va enderezado igualmente a los hermanos de las otras comunidades cristianas que comparten por la fe profesada en el bautismo, una misma adhesión a cristo, esperanza de la sociedad. Saludo cordialmente a todos los que, sin confesar a Cristo buscan a Dios con conciencia recta, guiados interiormente por el Espíritu de Dios: Paz y Bien.

Ayer y Hoy, Jesucristo es el mismo

Y lo será para siempre (Hbr. 13,8). Sean estas palabras de la Escritura, expresión de mi ánimo al comenzar a caminar con ustedes por la ruta de una misma esperanza. Profeso mi fe inalterable en Cristo glorioso, viviente en su Iglesia (Apc. 1,4ss). Con el modelo de obispos que es Pablo sé en quien he puesto mi confianza y estoy convencido de qu él es capaz de conservar hasta el día aquel el bien que me ha encomendado (2Tim. 1,12) Profeso mi fe en nuestra Santa Iglesia de la que quiero ser servidor fiel e insobornable. Profeso mi más indestructible adhesión al Papa Pablo VI y a sus sucesores. Profeso mi entrañable comunión con los hermanos Obispos unidos al Papa como colegio, según las enseñanzas del Concilio Vaticano II, cuyos documentos marcarán la orientación de mi ministerio episcopal.

Pobre de mí si no predicara el evangelio

Es nuestra más urgente tarea como comunidad cristiana la evangelización lo que hallo expresado en esta frase punzante del Apóstol (1Cor.9,16). Nos lo ha recordado el Papa solemnemente el año pasado en un documento que nos habrá de servir de guía e inspiración. Hagamos, hermanos, un gran esfuerzo para lograr que todas nuestras comunidades sean esencialmente misioneras y evangelizadoras: la familia, la parroquia, las fraternidades religiosas, los colegios, las instituciones, los movimientos de renovación. Por mi parte, procedente de una comunidad estrictamente misionera, pondré mi mejor empeño para que la Diócesis como suma de comunidades vibre como Pablo: Pobre de mí si no predicara el Evangelio.

Debemos dar la vida por nuestros hermanos

Todo el contexto de esta exortación (1Jn. 3,16) nos habla de la prioridad del amor. La fe que nos congrega encierra implícita una imperiosa obligación de servir. En un mundo necesitado del testimonio cristiano de reconciliación y de desinterés, para superar la violencia que desata el egoísmo queremos volver al esquema del Evangelio, hagamos de nuestra comunidad diocesana una manifestación bien concreta y palpable de una Iglesia que cifra su fuerza en el Amor. Ese amor modesto, servidor y crucificado que nos enseñó Jesús y que su espíritu continúa renovando vigorosamente a los miembros de su Cuerpo que somos nosotros. No dar algo: damos sin pausa, sin desiluciones, sin cansancio a destiempo. Lo dice Jesús (Jn. 15,13) :No hay Amor más grande que dar la Vida por los amigos.

Vivan en la Acción de Gracias

Muy oportunamente nos recuerda aquí Pablo (Col. 3,15) una dimensión del cristiano: la gratitud. Si hoy podemos presentarnos como Diócesis se lo debemos después de Dios, a muchos hermanos que pusieron su mejor buena voluntad para que se diera esa realidad. En nombre de todos ustedes agradezco a la diócesis de Avellaneda cuanto hizo por nuestra zona. Y como personificando a esa hermana Iglesia local en su obispo doy las más sinceras gracias a monseñor Antonio Quarraccino por sus muchos desvelos pastorales. Que el Señor Resucitado que camina por entre sus comunidades eclesiales (Apoc. 2,1) de Avellaneda una generosa donación de sus gracias. Nosotros en la diaria celebración de la alabanza y de la eucaristía mantendremos más que nunca fuertes los vínculos del amor de nuestras diócesis. Demos gracias a Dios por su inefable don (2Cor 9,15)

Ven Señor Jesús

Como Obispo tengo bien presente que soy intérprete y vocero de una inmensa esperanza de la Iglesia, insuperablemente vertida en esta invocación del Apocalipsis (22,20). Soy administrador y el Señor me pedirá cuenta estricta. Sé que no puedo tener otro modelo que a Cristo mismo, pastor y servidor humilde y paciente. Sé que en Pablo hallo una realización suprema del ministerio episcopal. Y leo en la documentación del Vaticano II cuanto debe hacer y cómo debe ser el Obispo. Ahora les pido, hermanos, me ayuden a ser lo que Cristo y su Iglesia esperan de mi entrega y no olviden que somos una estrecha unidad como Iglesia. Por eso oren hermanos “para que este sacrificio sea agradable a Dios todopoderoso” (santa misa). Que María brille con la humildad de su actitud y la totalidad de su entrega a Dios y alos hombres, ante nuestros ojos. Que ella acompañándonos como a la primera comunidad cristiana, nos ayude a decir de todo corazón: Ven Espíritu Santo.

Mensaje inaugural del ministerio episcopal de Mons. Jorge Novak
Septiembre de 1976

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